Algunos apuntes difusos sobre el bombazo en el metro y la atfosmera de “terror” que le siguió.

A_UNO_432970-730x350“Esta democracia tan perfecta fabrica ella misma su inconcebible enemigo: el terrorismo. En efecto, quiere ser juzgada por sus enemigos antes que por sus resultados. La historia del terrorismo está escrita por el Estado; es pues educativa. Las poblaciones espectadoras no pueden saberlo todo sobre el terrorismo, pero siempre pueden saber lo suficiente como para ser persuadidas de que, comparándolo con éste, lo demás deberá parecerles más aceptable, en cualquier caso, más racional y democrático”.
Guy Debord

El pasado lunes 8 de septiembre estalló en un pasillo subterraneo aledaño a una estación de metro y a un local de comida rápida en la comuna de Las Condes, una bomba que dejó un saldo apróximado de 14 heridos, todos ellos “civiles” (si es que vale la pena recalcar). Lo más lamentable en “términos humanos” (para hablar en el lenguaje común a todos/as), fue la pérdida de parte de un dedo una mujer encargada del aseo del lugar. El resto de los lesionados van desde una fractura expuesta a diversos traumas auditivos producto del estallido, aunque si bien esto es poco en comparación al saldo fatalista que anunció en un principio la prensa, que hablaba de varios heridos de suma gravedad.
El segundo bombazo fue el mediatico: la prensa celebró el festín del “terror” y más importante que las víctimas lo fue la posible connotación política del acto terrorista; si bien se refirieron repetidas veces a la gravedad de las víctimas (en un principio bastante exagerada), fue para denotar repetidas veces la gravedad del hecho y la connotación terrorista e inhumana del mismo, nunca sin dejar en claro, obvio, que probablemente el acto tendría una motivación política que no tardó en tener nombre. Se dijo que podría tener relación con la reiteración del juicio a los compañeros sentenciados por el Caso Security, “celebrada” ese mismo día, y también se especuló alguna relación con la conmemoración previa al 11 de septiembre (que en la región chilena, además de la connotación conmemorativa que le dan las organizaciones ciudadanas y el espectáculo, es una fecha de lucha callejera).

El ambiente en rededor a la fecha conmemorativa al 11 de septiembre había sido el esperado por quienes apuntamos a la agudización del conflicto con el Estado/capital: desde el primero de septiembre hasta el viernes 5 se dieron numerosos enfrentamientos entre encapuchados armados con gasolina y fuego y la yuta dipuesta a socofarlos en las universidades santiaguinas donde estas acciones son típicas (el peda, juan gomez millas, Uahc, etcétera). El domingo siguiente también se dieron enfrentamientos durante y al finalizar la marcha conmemorativa hacia el cementerio general, si bien la asistencia no fue la de otros años. A los días siguiente se esperaba la movilización en las poblaciones, como es típico todos los años. Fue el lunes de esa semana, tres días antes del 11 de septiembre, que el bombazo en el metro nos pilla por sorpresa a todos/as.
Se habló de varios/as heridos/as, de un ambiente de terror, todos los canales en la tele cubrían el hecho; la mesa estaba servida y los buitres de la prensa no tardaron en servirse el festín: por una asociación básica, y que incluso cualquier compañero/a podría también haber inferido, la primera relación que hizo la prensa y alguno/a que otro/a presonarijillo/a del gobierno, fue con los grupos subversivos, uno porque prácticamente no hay nadie más utilice bombas en esta región actualmente, y otra porque las características del aparato explosivo era casi idéntica a la que la policía ha hayado en otras ocasiones (asociación bastante imbécil, como si el aparataje de un explosivo en sí dependiera de la particularidad ideológica de quién lo fabrica más que de lo práctico y/o económico que resulte esta fabricación considerando las escazes de recuersos en la fabricación artesanal). Entonces no resulta para nada “al peo” caer en cierta paranoia pensar que todo esto sirve para propiciar un ambiente de control y vigilancia para la contención y represión de la actividad subversiva caraterística del 11 de septiembre (como está sucediendo en varias poblaciones de tradición combativa de la región mientras se escriben estas lineas, asediadas por la policía y prácticamente sitiadas).

Los personajes del sectór político de siempre no tardaron en deslenguarse y pudimos ver como el mismo día el sacohuea de Gonzalo Yussef, ex-director de la Agencia Nacional de Inteligencia (ANI) durante el gobierno de Piñera, apareció en la tele asociando el bombazo del metro con los otros de connotación subversiva (y fue explícito al referirse a los/as anarquistas); también recordó la absolución de Victor Montoya (único acusado del bombazo en la comisaria de las Vizcachas, al que están enjuiciando nuevamente de hace un par de días), el robo millonario en el aeropuerto de Santiago, los reiterados robos a cajeros automáticos, entre otras cosas, y hablando de todo como si se tratase de una misma cuestión, para referirse y hacer notar el “clima de inseguridad” por el que atraviesa la región actualmente, casi diciendo “¿vieron como yo tenía razón? Vivimos en un clima de inseguridad y lo más sensato sería tener temor”, además de festejar la tésis de su sector político de que los/as anarquistas terminarían atacando a personas comúnes si se les seguia absolviendo y tratando con indulgencia. Canal 13, por su parte, el mismo día del suceso montó un absurdo reportaje en el que vinculó sectores del movimiento estudiantil, como los de lucha callejera en macul con grecia (ex-peda, JGM, utem, que si bien no suelen reivindicar la lucha estudiantil, están ligados a dicho movimiento en tanto que escenari ), con el bombazo. Estos buitres culiaos no tuvieron ningún escrúpulo en propiciar el terror medíatico y en víncular el ataque contra ciudadanos/as comúnes con los movimientos sociales y subversivos. Para cualquier persona lúcida queda claro quién está infundiendo el terror deliberadamente antes de que la propia población pueda preguntarse qué pasó en realidad.

Y ahora ¿qué pensar? A no cerrarse a la reflexión y la autocrítica, ni caer en la martirización del movimiento.

La reacción por parte de la mayoría de compañeros/as fue casi la misma: los/as anarquistas no podrían haber realizado esta acción, atacar deliberadamente a ciudadanos comúnes no está dentro de la táctica subversiva, etc. El problema de dar por sentado esto solo porque incomóde nuestra moral y nos ponga en un problema ético es que nos cierra a la reflexión sobre el hecho. Seamos lúcidos: sí existen idiotas en el movimiento, y ya ha sucedido que ciertos “excesos” en la lucha callejera han tenido un resultado negativo para nuestro sector. Basta con recordar cuando el año pasado en el sector de macul con grecia, frente al Umce o ex-peda, mientras encapuchados/as levantaban barricadas para enfrentarse con la policía, una micro llena de pasajeros fue atacada con bombas molotovs en represalia porque el chofer pasó por sobre las barricadas después de que se le advirtió que no cruzara, lo que resultó en una disputa entre quienes realizaban la acción que los llevó a replegarse, y tres pasajeros de la micro resultaron con quemaduras (esto es a modo de ejemplo). Entonces tengámoslo claro: la participación en la lucha revolucionaria/subversiva no garantiza ni la “altura moral” ni la inteligencia práctica de quienes participan. Hay que tenerlo claro.

También hay que ser lúcidos con respecto a que ni a la reacción ni a los agentes del Estado les ha temblado la mano en el pasado cuando han realizado acciones violentas contra la población común cuando se ha tratado de defender sus intereses de clase, incluso son conocidas las acciones de carácter terrorista que estos realizaron durante la dictadura (y nos referimos específicamente a los bombazos). Entonces la actitud práctica más lúcida a adoptar seria la de “¿quién realizó esta acción? No lo sabemos, pero de ninguna forma esta tiene un horizonte revolucionario”.
Probablemente también habrá unos/as compañeros/as que dotados de menos “sentido común” (por llamarle de alguna forma) que, en un afan casi religioso (y hubiese dicho yihadista no de estar citando al cerdo reculiao de Yussef cuando se refirío a la “ideología” tras los grupos anárquicos tras el bombazo en el metro), dirán que quienes resultaron lesionados en el metro también son un sostén del orden existente; eso lo tenemos claro. Pero el estar alienado y explotado no es lo mismo que propiciar la explotación, ser su garante y beneficiarse deliberadamente de ella. Por otro lado, en los esbozos teórico/prácticos que suelen escribirse en nuestros círculos no solemos referirnos mucho a los lazos afectivos que casi todos/as nosotros/as establecemos con gente que no es “de la volá”, por ser, precisamente, un tema al que no se le da mucha connotación política. No creo que haga falta referirse mucho a este punto.

Nuestro enemígo es un mounstruo colosal, y la opinión pública es uno de sus mayores apéndicez
Como si de un tablero de ajedrez se tratara, nuestro enemigo ya dispuso de todas las piezas de manera de beneficiarse del temor inculcado en la población y esta evidentemente se traducirá en una reconfiguración del mecanismo represivo, mucho más fácil de justificar ante la ciudadanía, ahora que el rechazo a la subversión ya no es solo moral, sino que se apoya también en el temor por la propia integridad personal (considerando que tuviese el efecto deseado por el poder el culpar mediaticamente a los anarquistas y/o subversivos por el ataque en el metro).
También hay que tenerlo claro: nuestro carácter es de clase (por lo menos de quienes redactamos esto), pero nosotros/as, por nuestra parte, no queremos ni tenemos nada que promocionar como baratija ante la opinión pública. Aún así, si bien no queremos ofrecer la anarquía a la población como quien vende una ideología, tampoco imaginamos un horizonte revolucionario al que se pueda llegar con pequeños grepúsculos aislados de la clase. No estamos seguros/as si explicitar que lo que necesitamos más urgentemente es hacer de nuestro movimiento un movimiento de masas en el sentido de priorizar el factor cuantitativo, pero sí sabemos que nuestro padecimiento, nuestra sujeción a las condiciones de miseria impuestas por el orden del capital, es un padecimiento masivo y aquel padecimiento es la explotación, y esta explotación tiene un carácter de clase; de hecho, la explotación es aquello que nos da el carácter de clase. De ahí que no hayemos un sentido práctico al atacar a la población común, más allá del problema ético que esto supone.
Para cerrar estas reflexiones difusas y quizás algo inconexas y desordenadas, escritas al calor de los hechos,. citamos a unos/as compas que hace poco escribieron una reflexión sobre el mismo tema: “Si fue la policía, un grupo de extrema derecha o supuestos revolucionarios, no podemos saberlo. En lo que a nosotrxs respecta, no nos alinearemos con las condenas al uso de la violencia que buscan acabar con toda la lucha revolucionaria. La lucha antiautoritaria multiforme necesita de acción violenta, de ataques directos y contundentes, pero otra cosa es realizar ataques ciegos teniendo como objetivo a cualquier persona que va pasando en lugares que claramente no son de uso exclusivo de representantes del poder. “

Por el fin del Estado, de la mercancía, de la dictadura del trabajo asalariado.
Por la agudización del conflicto contra lo existente, a agudizar nuestras prácticas y reflexiones ¡A hacerlas certeraz en la guerra con el capital!

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