“Extraña Derrota: La revolución chilena” (1973, Pointblank!)

Traducción de Columna Negra.

Strange defeat: The Chilean revolution, 1973 – Pointblank!1245726528373_f

Nota CN: Pointblank! fue uno de los tantos grupos pro-situacionistas que aparecieron en la década de los 70, esta vez en Estados Unidos. Escribieron este artículo en octubre de 1973. Esta traducción, realizada por Columnanegra, la sacamos del texto que está enlibcom. En este sitio se puede descargar la revista que publicó el grupo en 1972.
 
Nota de libcom: En vez de culpar a la derecha y la CIA por el golpe como la mayoría de los comentadores de izquierda, Pointblank! señaló el rol que Allende y los partidos de la izquierda jugaron en desmovilizar la poderosa clase trabajadora, minando su fuerza y eventualmente firmando su propia garantía de muerte al negarse a armarla.
I
En la arena espectacular de eventos presentes reconocidos como “noticias”, el funeral de la socialdemocracia en Chile ha sido orquestado como un gran drama por aquellos que entienden la subida y caída de gobiernos más intuitivamente: otros especialistas del poder. Las últimas escenas en el guión chileno han sido escritas en varios campos políticos en concordancia con los requerimientos de ideologías particulares. Algunos han venido a enterrar a Allende, otros a alabarlo. Aún otros exclaman un reconocimiento de sus errores tras los hechos. Cualesquiera sean los sentimientos expresados, estos obituarios han sido escritos con mucha antelación. Los organizadores de la “opinión pública” sólo pueden reaccionar reflexivamente y con una distorsión característica de los propios acontecimientos.
Como los respectivos bloques de la opinión mundial “escogen su lado”, la tragedia chilena es reproducida como farsa a una escala internacional; las luchas de clases en Chile son disimuladas como seudo-conflictos entre ideologías rivales. En las discusiones de la ideología nada será oído de aquellos para los que el “socialismo” del régimen de Allende estaba supuestamente dirigido: los trabajadores y campesinos. Su silencio ha sido asegurado no sólo por quienes los ametrallaron en sus fábricas, campos y casas, sino que también por los que pretenden (y continúan pretendiendo) representar sus “intereses”. A pesar de mil falsedades, sin embargo, las fuerzas que estuvieron involucradas en el “experimento chileno” todavía no se han agotado. Su contenido real será establecido sólo cuando las formas de su interpretación hayan sido desmitificadas.
Por encima de todo, Chile ha fascinado a la llamada izquierda en cada país. Y documentando las atrocidades de la presente junta, cada partido y secta intenta conciliar las estupideces de sus análisis previos. Desde los burócratas-en-el-poder en Moscú, Pekín y Habana a los burócratas-en-el-exilio de los movimientos trotskistas, un coro litúrgico de pretendientes izquierdistas ofrecen sus evaluaciones post-morten de Chile, con conclusiones tan previsibles como su retórica. Las diferencias entre ellos sólo son de matiz jerárquico; comparten una terminología Leninista que expresa 50 años de contrarrevolución a lo largo del mundo.
Los partidos estalinistas del Este y los estados “socialistas” con justa razón ven la derrota de Allende como su derrota: el era uno de los suyos –un hombre de Estado. Con la falsa lógica que es un mecanismo esencial de su poder, aquellos que saben mucho sobre el Estado y la (derrota de) Revolución condenan el derrocamiento de un régimen burgués, constitucional. Por su parte, los importadores “izquierdistas” del trotskismo y maoísmo sólo pueden lamentar la ausencia de un “partido de vanguardia” –el deus ex machina del bolchevismo senil- en Chile. Aquellos que han heredado la derrota de la revolucionaria Kronstadt y Shangai saben de lo que hablan: el proyecto leninista requiere la imposición absoluta de una deformada “conciencia de clase” (la conciencia de una burocrática clase dominante) sobre los que en sus designios son sólo “las masas”.
Las dimensiones de la “revolución chilena” se encuentran fuera de los límites de cualquier doctrina particular. Mientras los “anti-imperialistas” del mundo denuncian –desde una distancia segura- los espantajos muy-convenientes de la CIA, las razones reales de la derrota del proletariado chileno deben ser buscadas en todas partes. Allende, el mártir, fue el mismo Allende que desarmó las milicias de trabajadores de Santiago y Valparaíso en las semanas previas al golpe y los dejó indefensos ante el ejército cuyos oficiales ya estaban en su gabinete. Estas acciones no pueden simplemente ser explicadas como “colaboración de clase” o una “traición”. Las condiciones para la extraña derrota de la Unidad se prepararon con mucha antelación. Las contradicciones sociales que emergieron en las calles y campos de Chile durante agosto y septiembre no fueron simplemente divisiones entre “Izquierda” y “Derecha”, sino que involucraban una contradicción entre el proletariado chileno y los políticos de todos los partidos, incluyendo aquellos que posaban como los más “revolucionarios”. En un país “subdesarrollado”, se había planteado una lucha de clases altamente desarrollada que amenazaba las posiciones de todos los que deseaban mantener el subdesarrollo, tanto económicamente a través de la dominación imperialista continuada, o políticamente a través del retraso de un auténtico poder proletario en Chile.
II
En todos lados, la expansión del capital crea su aparente opuesto en la forma de movimientos nacionalistas que persiguen apropiarse de los medios de producción “en nombre” de los explotados y, de este modo, apropiarse del poder social y político para sí. La extracción de plusvalía del Imperialismo tiene sus consecuencias sociales y políticas, no sólo en la pobreza forzada de las personas que se deben convertir en sus trabajadores, sino también en el rol secundario asignado a la burguesía local, que es incapaz de establecer su hegemonía completa sobre la sociedad. Este proceso ha tomado muchas formas –desde la xenofobia religiosa de Gadafi a la religión burocrática de Mao- pero en cada instancia, las órdenes de marcha del “anti-imperialismo” son las mismas, y quienes las dan están en idénticas posiciones de mando.
La distorsión imperialista de la economía chilena proveyó una apertura para un movimiento popular que buscaba establecer una base de capital nacional. No obstante, el estatus económico relativamente avanzado de chile, impidió el tipo de desarrollo burocrático que ha llegado al poder por la fuerza de las armas en otras áreas del “Tercer Mundo” (un término que ha sido usado para conciliar las reales divisiones de clase en esos países). El hecho de que la “progresista” Unidad Popular fuese capaz de lograr una victoria electoral como una coalición reformista, fue un reflejo de la peculiar estructura social en Chile, que era en muchos aspectos similar a aquella en los países capitalistas avanzados. Al mismo tiempo, la industrialización capitalista creó las condiciones para la superación de esta alternativa burocrática en la forma de un proletariado rural y urbano que emergió como la clase más importante y una con aspiraciones revolucionarias. En Chile, tanto cristianos como social demócratas debían llegar a ser los adversarios de cualquier solución radical a los problemas existentes.
Hasta la llegada de la coalición UP, las contradicciones en la izquierda chilena entre una base radical de obreros y campesinos y sus llamados “representantes” políticos, se mantuvo a lo largo de extensos antagonismos latentes. Los partidos izquierdistas fueron capaces de organizar un movimiento popular únicamente sobre la base de la amenaza extranjera. Comunistas y socialistas fueron capaces de sostener su imagen como auténticos nacionalistas bajo el gobierno democráta cristiano porque el programa de “chilenización” de Frei (que incluyó una política de reforma agraria que posteriormente Allende emuló conscientemente) estaba explícitamente conectado a la patrocinada-por-América “Alianza para el Progreso”. La izquierda oficial fue capaz de construir su propia alianza en Chile oponiéndose, no al reformismo en sí, sino a un reformismo con vínculos externos. Incluso dada su naturaleza moderada, el programa opositor de la izquierda chilena sólo fue adoptado tras la militante actividad de huelga de los 60s –organizada independiente mente de los partidos- que amenazó la existencia del régimen de Frei.
La futura UP se movería dentro de un espacio abierto por las radicales acciones de los trabajadores y campesinos chilenos; se impuso como una representación institucionalizada de causas proletarias en la medida que era capaz de recuperarlas. A pesar de la naturaleza extremadamente radical de muchas de las huelgas anteriores (que incluían ocupaciones de fábricas y administración de los trabajadores de varias plantas industriales, más notablemente en COOTRALACO), la práctica del proletariado chileno carecía de una expresión teórica correspondiente o de organización, y esta falla en afirmar su autonomía lo dejó abierto a las manipulaciones de los políticos. Pese a esto, la batalla entre reforma y revolución se hallaba lejos de estar decidida.
III
La elección del masón Allende, aunque de ningún modo significó que los trabajadores y campesinos hayan establecido su propio poder, sin embargo intensificó la lucha de clases que ocurría en todo Chile. Contrariamente a las afirmaciones de la UP sobre que la clase trabajadores había obtenido una “victoria” mayor, tanto el proletariado como sus enemigos continuaron su batalla por fuera de los canales parlamentarios convencionales. Aunque allende constantemente aseguró a los trabajadores que ambos estaban comprometidos en una “lucha común”, el reveló la verdadera naturaleza de su socialismo-por-decreto al inicio de su gobierno cuando firmo el Estatuto, que formalmente garantizaba que respetaría fielmente la constitución burguesa. Habiendo llegado al poder sobre la base de un programa “radical”, la UP entraría en conflicto con una corriente revolucionaria creciente en su base. Cuando el proletariado chileno mostró que estaba preparado para tomar los slogans del programa UP literalmente –slogans que ascendieron sólo a la retórica vacía y las promesas incumplidas por parte de la coalición burocrática- y las pusieron en práctica, las contradicciones entre la forma y el contenido de la revolución chilena se volvieron aparentes. Los campesinos y trabajadores de Chile estaban empezando a hablar y actuar por sí mismos.
A pesar de su “marxismo”, Allende nunca fue más que un administrador de la intervención estatal en una economía capitalista. El estatismo de Allende –una forma de capitalismo estatal que acompañó el ascenso de todos los administradores del subdesarrollo- fue nada más que una extensión cuantitativa de políticas democrátacristianas. Al nacionalizar las minas de cobre y otros sectores industriales, Allende continuaba la centralización iniciada bajo el control del aparato estatal chileno –una centralización iniciada por el “archienemigo de la izquierda” Frei. Allende, de hecho, se vió forzado a nacionalizar ciertas empresas porque habían sido espontáneamente ocupadas por sus trabajadores. En prevención a la auto-organización de la industria por los trabajadores al desactivar esas ocupaciones, Allende se opuso activamente al establecimiento de relaciones socialistas de producción. Como un resultado de sus acciones, los trabajadores chilenos sólo cambiaron una gama de jefes por otra: la burocracia gobernante, en vez de Kennecott o Anaconda, dirigiendo su trabajo alienado. Este cambio en apariencias podría no conciliar el hecho que el capitalismo chileno se estaba perpetuando a sí mismo. De las ganancias extraídas por las corporaciones multinacionales a los “planes quinquenales” del estalinismo internacional, la acumulación de capital es una acumulación siempre hecha a expensas del proletariado.
Que gobiernos y revoluciones sociales no tengan nada en común fue demostrado también en las áreas rurales. En contraste a la administración burocrática de la “reforma agraria” que fue heredada y continuada por el régimen de Allende, las convulsiones espontáneas armadas de grandes estados ofrecían una respuesta revolucionaria al “problema de la tierra”. Pese a todos los esfuerzos de la CORA (corporación de la reforma agraria) para prevenir esas expropiaciones a través de la mediación de “cooperativas campesinas” (asentamientos), la acción directa de los campesinos fue más allá de aquellas ilusorias formas de “participación”. Muchas de las tomas de fundos fueron legitimadas por el gobierno sólo después que la presión de los campesinos hiciera imposible hacer otra cosa. Reconociendo que tales acciones cuestionaban tanto su autoridad como la de los terratenientes, la UP nunca se perdió una oportunidad para denunciar expropiaciones “indiscriminadas” y llamar a una “desaceleración”.
Las acciones autónomas del proletariado urbano y rural formaron la base para el desarrollo de un movimiento significativo a la izquierda del gobierno de Allende. Al mismo tiempo este movimiento proveyó de otra ocasión para una que una representación política se impusiera en las realidades de la lucha de clases en Chile. Este rol fue asumido por los militantes guevaristas del MIR y su contraparte rural, el MCR (movimiento de campesinos revolucionarios), ambos exitosos en recuperar muchos de los radicales logros de obreros y campesinos. El lema mirista de la “revolución armada” y su rechazo obligatorio de la política electoral fueron meros gestos: poco después de la elección de 1970, un cuerpo de elite de las ex – guerrilas urbanas del MIR se convirtió en la selecta guardia de palacio personal de Allende. Los lazos que unían al MIR-MCR a la UP fueron más allá de puras consideraciones tácticas –ambos tenían intereses comunes que defender. A pesar de los posicionamientos revolucionarios del MIR, actuó acorde a las exigencias burocráticas de la UP: siempre que el gobierno estuvo en problemas, los ayudantes del MIR moverían sus militantes alrededor de la bandera UP. Si el MIR no logró ser la “vanguardia” del proletariado chileno, no fue porque no había suficiente de una vanguardia, sino porque su estrategia fue resistida por aquellos a los que trató de manipular.
IV
La actividad de derecha en Chile aumento, no en respuesta a algún decreto gubernamental, sino por la amenaza directa planteada por la independencia del proletariado. Frente a crecientes dificultades económicas, la UP sólo podía hablar de “sabotaje derechista” y de la obstinación de una “aristocracia obrera”. Pese a todas las denuncias impotentes del gobierno, estas “dificultades” eran problemas sociales que sólo podían ser solucionados en un modo radical a través del establecimiento de un poder revolucionario en Chile. Pese a su pretensión de “defender los derechos de los trabajadores”, el gobierno de Allende probó ser un espectador impotente en la lucha de clases desplegada por fuera de estructuras políticas formales. Eran campesinos y trabajadores por sí mismos los que tomaban la iniciativa contra la reacción, y al hacerlo, crearon nuevas y radicales formas de organización social, formas que expresaban una conciencia de clase altamente desarrollada. Después de la huelga patronal de octubre de 1972, los trabajadores no esperaron a la intervención de la UP, sino que ocuparon activamente las fábricas y empezaron a producir por su cuenta, sin “asistencia” sindical o estatal. Los cordones industriales, que controlaron y coordinaron la distribución de productos, y organizaron la defensa armada contra los patrones, se formaron en las fábricas. Diferente a las “asambleas populares” prometidas por la UP, que existían sólo en el papel, los cordones fueron levantados por los obreros mismos. En su estructura y funcionamiento, estos comités –junto con los consejos rurales- fueron las primeras manifestaciones de una tendencia consejista y como tal constituyó la contribución más importante al desarrollo de una situación revolucionaria en Chile.
Una situación similar existía en los barrios, donde las ineficientes “juntas de abastecimiento” (JAP) controladas por el gobierno, fueron dejadas de lado en las proclamas de “barrios auto-gobernados” y la organización de comandos comunales por los residentes. A pesar de su infiltración por los fidelistas del MIR, estas expropiaciones armadas de espacio social formaron el punto de partida para un auténtico poder proletario. Por primera vez, gente que antes había sido excluida de la participación en la vida social era capaz de tomar decisiones concernientes a las realidades más básicas de su vida diaria. Los hombres, mujeres y jóvenes de las poblaciones descubrieron que la revolución no era un asunto de la urna; como fuese que se llamara la población –Nueva Habana, Vietnam Heroico- lo que ocurría ahí dentro no tenía nada que ver con los paisajes alienados de sus homónimos.
Pese a que los logros realizados por la iniciativa popular eran considerables, una tercera fuerza capaz de plantear una alternativa revolucionaria al gobierno y a los reaccionarios nunca emergió totalmente. Los trabajadores y campesinos fallaron en extender sus conquistas al punto de reemplazar el régimen de Allende con su propio poder. Su supuesto “aliado”, el MIR, usó su palabrería de oponerse al burocratismo con las “masas armadas” como máscara para sus propias intrigas. En su esquema leninista, los cordones fueron vistos como “formas de lucha” que podrían preparar el camino para modelos de organización futuros, menos “restringidos”, cuyo liderazgo sería llenado sin duda por el MIR.
Por toda su preocupación sobre los planes de derecha que amenazaban su existencia, el gobierno restringió a los trabajadores de tomar acciones positivas para resolver la lucha de clases en Chile. Al hacerlo, la iniciativa pasó de manos obreras al gobierno, y dejarse maniobrar por fuera, el proletariado chileno pavimentó el camino para su futura derrota. En respuesta a las súplicas de Allende tras el abortado golpe del 29 de junio, los trabajadores ocuparon fábricas adicionales sólo para cerrar filas tras las fuerzas que los desarmarían un mes después. Esas ocupaciones siguieron definidas por la UP y sus intermediarios en el sindicato nacional, la CUT, que mantuvo a los obreros aislados unos de otros al parapetarlos dentro de las fábricas. En tal situación, el proletariado era impotente para llevar cualquier lucha independiente, y una vez que se firmó la Ley de Control de Armas, su destino se selló. Como los republicanos españoles que negaron armas a las milicias anarquistas en el frente de Aragón, Allende no estaba preparado para tolerar la existencia de una fuerza proletaria armada fuera de su propio régimen. Todas las conspiraciones de la derecha no habrían durado un día si los trabajadores y campesinos chilenos hubieran armado y organizado sus propias milicias. Pese a que el MIR protestó por la entrada de militares en el gobierno, ellos, como sus predecesores en Uruguay, los Tupamaros, sólo hablaron de armar a los trabajadores y tuvieron poco que ver con la resistencia que tuvo lugar. El lema de los obreros “un pueblo desarmado es un pueblo derrotado” iba a hallar su amarga verdad en la masacre de trabajadores y campesinos que siguió al golpe militar.
Allende fue derrocado no a causa de sus reformas, sino porque fue incapaz de controlar el movimiento revolucionario que se desarrolló espontáneamente en la base de la UP. La junta que se instaló en su posición claramente percibía la amenaza de la revolución y se dedicó a eliminarla con todos los medios que tenía a su disposición. No fue un accidente que la resistencia más fuerte a la dictadura ocurriese en las áreas donde el poder de los trabajadores había llegado más lejos. En la planta textil Sumar en Concepción, por ejemplo, la junta estuvo forzada a liquidar este poder por medio de bombardeos aéreos. Como resultado de las políticas de Allende, los militares podían tener el camino libre para terminar lo que empezó bajo el gobierno UP: Allende fue tan responsable como Pinochet por los asesinatos en masa de obreros y campesinos en Santiago, Valparaíso, Antofagasta y otras provincias. Quizás la ironía más reveladora de todas inherente a la caída de la UP es que mientras muchos de los partidarios de Allende no sobrevivieron el golpe, muchas de sus reformas sí lo hicieron. Tan poco sentido quedaba a las categorías políticas, que el nuevo ministro de relaciones exteriores se describió a sí mismo como “socialista”.
V
Los movimientos radicales están poco desarrollados en la medida en que respetan la alienación y entregan su poder a fuerzas externas en vez de crear por sí mismos. En Chile, los revolucionarios aceleraron el día de su propio Termidor al dejar que los “representantes” hablaran y actuaran a su nombre: aunque la autoridad parlamentaria había sido efectivamente reemplazada por los cordones, los trabajadores no fueron más allá de estas condiciones de poder dual para abolir el estado burgués y los partidos que lo mantienen. Si las futuras luchas en Chile van a avanzar, los enemigos dentro del movimiento obrero deben ser superados prácticamente; las tendencias consejistas en las fábricas, poblaciones y campos serán todo o nada. Todos los partidos de vanguardia que se sigan haciendo pasar como “líderes de los trabajadores” –ya sea el MIR, un PC clandestino, o cuales quiera otros grupos subterráneos escindidos- sólo pueden repetir las traiciones del pasado. El imperialismo ideológico debe ser enfrentado tan radicalmente como el imperialismo económico ha sido expropiado; obreros y campesinos sólo pueden depender de sí mismos para avanzar más allá de lo que lograron los cordones industriales.
Las comparaciones entre la experiencia chilena y la revolución española de 1936 ya se han hecho, y no sólo aquí –uno encuentra extrañas palabras que vienen de trotskistas alabando las milicias de obreros que combatieron toda forma de jerarquía. Mientras es cierto que una tercera fuerza radical emergió en Chile, sólo lo hizo de forma tentativa. A diferencia del proletariado español, los revolucionarios chilenos nunca crearon un nuevo tipo de sociedad sobre las bases de una organización de consejos, y la revolución chilena sólo triunfará si estas formas (cordones, comandos) son capaces de establecer su hegemonía social. Los obstáculos para su desarrollo son similares a los enfrentados en España: los consejos y milicias españoles tuvieron dos enemigos en la forma del fascismo y el gobierno republicano, mientras los obreros chilenos enfrentaron el capitalismo internacional y los manipuladores social-demócratas y el leninismo.
Desde las favelas de Brasil a los campos de trabajo de cuba, el proletariado del Caribe, el proletariado de Latinoamérica ha mantenido una ofensiva continua contra todos aquellos que buscan mantener las condiciones presentes.
En su lucha, el proletariado se enfrenta a varias caricaturas de revolución que se hacen pasar por sus aliados. Estos travestis a su vez han encontrado un falso movimiento de la llamada oposición de “ultra-izquierda”. Así, el ex – fascista Perón se prepara para construir un estado corporativo en Argentina, esta vez con un disfraz izquierdista, mientras los comandos trotskistas del ERP lo denuncian por no ser lo suficientemente “revolucionario”, y el ex – guerrillero Castro regaña a todos los que no cumplen con los estándares de la disciplina “comunista”. La historia no fallará en disolver el poder de estos idiotas.
Una conspiración de la tradición –con agentes tanto a la izquierda como a la derecha- asegura que la realidad existente se presente siempre en términos de falsas alternativas. Las únicas alternativas aceptables para el Poder son aquellas entre jerarquías en pugna: los coroneles de Perú o los generales de Brasil, los ejércitos de los estados árabes o de Israel. Estos antagonismos sólo expresan divisiones dentro del capitalismo global, y cualquier alternativa genuinamente revolucionaria tendrá que establecerse ya que es en ninguna parte del poder en Latinoamérica o en cualquier lugar, y esta impotencia constantemente impulsa nuevas acciones. Los trabajadores chilenos no están solos en su oposición a las fuerzas de la contra-revolución; el movimiento revolucionario que empezó en México con las bandas guerrilleras de Villa no ha llegado a su fin. En las milicias obreras que combatieron en las calles de Santo Domingo en 1965, la insurrección urbana en Córdoba, Argentina en 1969, y las recientes huelgas y ocupaciones en Bolivia y Uruguay, la revuelta espontáneas de obreros y estudiantes en Trinidad en 1970, y la continuación de la crisis revolucionaria en sí misma sobre las ruinas de estos conflictos espectaculares. Las mentiras combinadas de la burguesía y el poder burocrático deben ser enfrentadas por una verdad revolucionaria en armas, en todo el mundo como en Chile. No puede haber “socialismo en un país”, o en una fábrica o distrito. La revolución es una tarea internacional que sólo puede ser resuelta a nivel internacional –no reconoce fronteras continentales. Como toda revolución, la revolución chilena requiere el triunfo de movimientos similares en otras áreas. En todas partes, en las huelgas salvajes en Estados Unidos y Alemania Occidental, las ocupaciones de fábricas en Francia y en las insurrecciones civiles en la URSS, las bases para un nuevo mundo se están estableciendo. Aquellos que se reconocen a sí mismos en este movimiento global deben aprovechar la oportunidad de extenderlo con todas las armas subversivas a su disposición.
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